No se trata de evitar que los niños tengan emociones negativas, sino de acompañarles cuando las tienen.

No se trata de evitar que los niños tengan emociones negativas, sino de acompañarles cuando las tienen.

Creo que el trabajo de los adultos no consiste en evitar que los niños tengan emociones negativas como el enfado, los celos, la tristeza o la frustración. Consiste en acompañarles cuando están inmersos en la emoción.

El resto de su vida van a seguir teniendo esas emociones porque son parte de los seres humanos. Todos las tenemos y es algo normal. Y ahí nosotros, como padre o madre, tía o abuelo, no vamos a estar para tratar de evitárselas.

Lo que si podemos enseñarles es el proceso de identificarlas (darse cuenta qué emoción están sintiendo), aceptarlas (es normal) y tratarlas para que no se dañen a ellos ni a los demás.

Por eso tratar de evitar que el niño o la niña se sienta enfadado cuando no consigue lo que quiere dándoselo, o que no sienta celos ocultándole escenas en las que los padres dan amor a su hermanito recién nacido, no ayudan al niño o a la niña.

Al niño le ayudará el que sus padres sepan “leer en el niño o niña” qué es lo que puede estar sintiendo y hacérselo saber: “Sé que te sientes enfadado y es normal porque te lo pasas muy bien en el columpio. Pero somos una familia y no siempre se puede hacer lo que tu quieres amor. Ahora nos vamos casa”.

Cualquier situación de la vida es un buen momento para aprender. El objetivo no es que el niño llegue al parque, se suba al columpio y regrese a casa y entonces digas: bien, misión cumplida. El objetivo es que durante ese tiempo haya aprendido como funciona el mundo desde el amor y el respeto hacia uno mismo y hacia todo los demás.

Por otro lado, el tratar de evitar las emociones negativas en los niños hace que sea muy difícil establecer los límites, porque para evitar que se enfade vas ampliando el límite que habías definido en un principio y para los niños tener unos límites claros es jugar en un terreno seguro, que los padres duden, significa jugar a desafiarles.

Pero para eso, uno mismo tiene que saber gestionar sus emociones, saber conectar con la calma y la serenidad.

Por eso creo que el mejor regalo que un padre o madre pueden hacer a sus hijos es aprender ellos sobre sus emociones y para ello conocer su mente a través del mindfulness o la meditación.

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